Complicadito el tema “inseguridad”…
La opinión puede ir desde un naif “esto es nada más que una sensación alimentada por la prensa amarillista” hasta el blumberguista “esto se soluciona mandando a diez pibes al paredón y fusilarlos, para que sirvan de ejemplo“.
En el medio, el negociado de la “inseguridad”. Es decir, de la “seguridad”.
Basta ver como, con total desparpajo, algunos noticieros porteños tienen como sponsors de la crónica roja a aseguradoras, empresas de seguridad privada, proveedores de puertas blindadas y de alarmas contra robos.
Empresas de seguridad que, muchas veces, están entongadas con las bandas de chorros y hacen de entregadores de domicilios vacíos.
Dicen que Buenos Aires es una ciudad peligrosa. Y no es joda. No pasa un día donde no ocurran asesinatos, robos, violaciones. A mi me pasó ya. Cinco veces.
No. No me violaron cinco veces.
Me robaron cinco veces. Un promedio redondo: un afano por año.
Un par de robos en el tren. Un par más con apretadas contra la pared, de noche, onda “quedate piola, chabón, que te quemo acá mismo“. La mano de los tipos debajo de la remera, como a punto de sacar un arma. Y a uno, en esos casos, se les van las ganas de pedirles confirmación y solicitarles que muestren las armas para ver si es verdad o no la amenaza.
En esos casos, más avale asumir que dicen la verdad. O quedar con la duda, pero disimularla.
El último robo, jodido. Uno se cuida, no anda de noche caminando regalado, se toma el colectivo hasta para hacer un viajecito de cinco cuadras. No hubo caso. Entre la parada donde me bajé y mi casa… encuentro cercano con tres tipos.
Esta vez me tocaron de esos que quieren que uno confíe en ellos. Por eso, cuando me dijeron que me quedara quieto o me quemaban, sacaron armas y me las pusieron en la cabeza.
Mmhhh… no sé… no es así como uno planea iniciar una relación de confianza con tres desconocidos. Igual, acepté el estilo de los muchachos. Fueron convincentes.
El afano duró eternos cinco minutos. Calculo a ojo nomás, porque se llevaron mi reloj. Y la billetera, obvio. En el interín, durante el trabajo (porque los chorros, cuando salen a afanar, dicen “voy a hacer un trabajo“), pasaban los autos justo al lado mío, con conductores que hacían lo imposible para poner cara bien de boludos y de “ni idea que está pasando ahí en la vereda, yo no fui“.
Al final, luego de hacerme una revisión que me adelantó las sensaciones que tendré si un día voy al proctólogo, los tres tipos se fueron corriendo como alma que lleva el diablo.
JA!… Como si yo fuera a perseguir a tres ursos armados.
Que se jodan. Por lo menos se cnsaron. No se la llevaron taaan fácil.
En Uruguay, durante décadas, no me habían robado nunca. Voy a mediados del año pasado a Montevideo y acepto una invitación a cenar en la Ciudad Vieja. Camino, pensando en lo tranquilo y seguro que son las calles montevideanas al lado de las porteñas, y no llegué ni a la Puerta de la Ciudadela.
Dos tipos… y otra vez contra la pared. Encima uno es desconfiado y no deja el dinero en el hotel. Por si lo roban.
Se llevaron todo. Los dos chorros, seis meses después, aún deben estar pagando los impuestos municipales con mi guita.
Porque los chorros uruguayos tienen códigos, loco, códigos. Seguro que hasta pagan el IRPF y todo.
Basta ver que ahora un grupo de “planchas” (léase “pibes villeros” en Argentina) se quiere presentar para las próximas elecciones. Obvio, en el Partido Colorado. Los tipos no son nabos, se asociaron con los expertos en afanos en Uruguay.
Estuve leyendo las declaraciones del “Peluca”, el referente político de la lista 666 (sí, no es joda, ése es el número que eligieron). “No robar en el barrio“, “no pegarle a las viejitas“… y así, toda una serie de contudentes y sesudas propuestas programáticas.
Acá, en Argentina, imposible. ¿Pibes chorros en la política? Nunca!… los políticos argentinos no admiten competencia.


