En todo el mundo la gente arma prototipos de otros pueblos y otras culturas. Y en base a esos prototipos, se generan chistes, historias y –lamentablemente- preconceptos que pueden ser muy peligrosos en ocasiones.
Es un clásico pensar o suponer que los británicos tienen problemas dentales, los yanquis no conocen más allá de su frontera, los brasileros nacen sabiendo bailar, los franceses no se bañan, los italianos son gritones y los rusos son borrachos.
La lista es muy larga. Cada país, pueblo o comunidad tiene un prototipo que la identifica en el mundo.
Por ejemplo, están los chistes de gallegos. Una vez, mientras trabajaba en Brasil, se arrancó una ronda de chistes. El problema es que los brasileros no conocen el prototipo del gallego que se usa en los chistes de gallegos. Los chistes no funcionaban. Porque para que un chiste de gallegos funcione, debe conocerse previamente el prototipo de gallego que se usa en el chiste.
Pregunta va, pregunta viene, me enteré que los brasileros tienen sus propios “gallegos”: los portugueses. Y ahí aprendí que todos y cada uno de los “chistes de gallegos” que conocía eran muy divertidos para los brasileros. Claro, para ellos eran “piadas de portugueses”, y el personaje debía ser un portugués.
Para complicar más la situación, en Brasil conocí a una chica española. No entendió ni uno de los chistes de gallegos. Hasta que se dio cuenta como era el “prototipo” y me contó que hay un pueblo español que los españoles usan cuando quieren hacer.. “chistes de gallegos”.
Argentina, sin dudar, es una potencia mundial en el ranking de chistes de…
Los chistes de argentinos se escuchan en todo el mundo. Nada más divertido para un brasilero, un chileno o un uruguayo que contar chistes de argentinos.
Lo que me asombró, y me agradó, es darme cuenta que la fuente de la mayoría de los chistes de argentinos… son los propios argentinos.
Los uruguayos carecemos de algo: autocrítica. Nos cuesta reírnos de nuestros propios defectos y problemas. En cambio, los argentinos usan hasta el extremo el humor ácido, cínico y corrosivo… contra ellos mismos.
No contra ellos mismos. Contra el “prototipo de argentino”. Ese “argentino” pedante, agrandado, soberbio, pesado, creído. Ese “argentino” que, luego de media década de vivir en este país, aún no lo he podido encontrar.
El argentino tiene flor de herramienta para bancar las pálidas: el humor. Aprendí más chistes de argentinos en estos últimos cinco años que en el resto de mi vida.
Los argentinos saben como son vistos en otros países. Tanto lo saben, que hasta juegan con eso. Basta que un argentino entre en un foro de debate donde hay uruguayos, chilenos, brasileros, para que enseguida le endilgen el mote de “argentino pedante”. Y el argentino, sacando su humor de adentro, se hace pasar por el prototipo que está en el imaginario colectivo.
Tanto es el empeño que pone, que termina reforzando la creencia de que los chistes de argentinos son ciertos.
Ojalá los uruguayos pudiéramos tener un pequeño porcentaje del nivel de autocrítica y humor que tienen los argentinos. La tasa de suicidios en Uruguay es una de las más altas de América, toda una muestra de que Espalter y Almada dejaron un vacío imposible de llenar.


